La Labor

La mirada firme en el blanco, y paciencia. Sabía que de alguna forma la espera de horas daría frutos, y que solo se trataba de esperar.

Recuerda: respira lento y hondo, pues nada hará que el blanco llegue más rápido.

Y ahí estaba.

El conjunto de rocas parecía más vivo de lo que podría ser. Unidos por una fuerza etérea a una esfera que simulaba ser un núcleo, las rocas estaban rodeadas de fuego y lava flotantes. El elemental buscaba algo para quemar, pues su adicción a la furia solo se aplacaba al ver su esencia expandirse a su alrededor. A medida que caminaba se hacía más alto y más bajo, pero definitivamente no se hacía ágil de cuerpo.

O de vista.

Nunca se percató de la parte del suelo que estaba desnivelada. Al pisarla, decenas de clavos, espinas y troncos lo rodearon y apretaron, dejándolo sin escapatoria posible. La desesperación se apoderó del elemental, que trataba de zafarse de una trampa demasiado bien hecha para abrirse paso de forma violenta. Como los anteriores, empezó a desintegrarse para abrirse camino entre los huecos de la trampa. No se percataba que ya estaba expuesto, débil.

Perle esperó paciente por horas a este momento. Desde su posición, detrás de arbustos y ramas, quiso asegurarse de hacer un único disparo letal. Respiró hondo nuevamente. Mantuvo el aire. Afinó el ángulo. Los dedos abandonaron la tensión de la cuerda, dejando escapar la flecha. El sonido cortó el aire, atravesando el núcleo que explotó en fuego y furia al romperse.

Ya habían sido meses de lo mismo. Lo que para el elemental fue una última sorpresa, para la cazadora ya era rutina. Desde que Ragnaros fue derrotado por Cenarius, Hamuul y Malfurion luego de tratar de invadir Monte Hyjal, la única tarea que los reclutas y los ayudantes de los Guardianes de Hyjal habían tenido era acabar con los elementales de fuego restantes. Se sentía, de alguna forma, como una tarea monótona, pero eso solo significaba que estaba todo bajo control. Significaba que, aunque tenue, había paz.

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—El vínculo con la bestia es la base de nuestro arte, Perle. Como nosotros hemos aprendido del otro, tú también tendrás que unirte mental y espiritualmente con la bestia—dijo Jhaan, quien se sentaba junto a la elfa para acariciar al oso que rescataron hace unas horas. — La bestia no es un arma sino una protectora, y la bestia te verá a ti como una familia en vez de una opresora. Es tal la relación en la naturaleza. Es tal la relación entre las personas. Es tal la relación entre la cazadora y la bestia. Mientras entiendas eso, me harás orgulloso de haberte entrenado.

—Y así será mantenida, maestro. —contestó la cazadora, extendiendo la mano al pequeño oso café que, sin temores, se abalanzó en sus piernas para ser acariciado un poco más.

El elfo alzó la mirada entre los árboles. El cielo empezaba a oscurecer. La hora se acercaba cada vez más.

—El tiempo apremia. Debemos llegar a Monte Hyjal rápido. La sacerdotisa ha requerido la presencia de todos los elfos capaces de luchar en unas horas, y ya nos hemos retrasado suficiente.

Era un llamado de urgencia. No muchos elfos sabían exactamente la razón del llamado, pero las órdenes emitidas por la sacerdotisa Tyrande directamente siempre eran de suma importancia. No eran los únicos elfos que corrían hacia Monte Hyjal. Entre druidas, cazadores y astutos guerreros, el sonido de pies corriendo y chocando con los arbustos y ramas de los bosques de Vallefresno era extrañamente estruendoso. No había tiempo para el sigilo, sino para la prisa.

La prisa que estaba dentro del plan contra la Legión. Las fuerzas de Archimonde ya se habían adelantado, deseosas de hacer que Nordrassil, el Árbol del Mundo, finalmente cayese para comenzar el fin del mundo. Las otras razas mortales del mundo también se apresuraban a llegar a sus campamentos y bases en Monte Hyjal, pero nadie sabía exactamente lo que sucedería. De hecho, ninguno de los elfos sabía exactamente porque dejaban que los humanos y los orcos subiesen al sagrado santuario, pero suponían que si estaban ahí era para ayudar en una batalla importante. No había decisiones hechas en vano o de forma apresurada dentro de la cultura de los elfos nocturnos. Todo tiene una razón. Todo tiene un objetivo.

Y parte de ese objetivo ahora también estaba detrás de ellos.

— ¡Perle, detrás tu—y el resto fue silenciado por el grito de ataque de la horripilante criatura. No, no podía ser descrita como una criatura, pues no era más natural que el gutural, podrido y asqueroso sonido que salía de su garganta y tripas al unísono. No importaba, pues el gran trozo de acero afilado y pesado que aferraba a la más grande de sus manos estuvo a punto de cortar a la cazadora en mitad, de no haber sido por la lentitud y el ruido que causa por la abominación. Lentitud y ruido que no son características de un elfo.

Tomando al pequeño oso en sus brazos, esquivó rápidamente la pesada espada, y aprovechó el tiempo muerto de la abominación por levantar el acero para dejar a la pequeña bestia en un morral que llevaba a sus espaldas. Arco en mano, se precipitó a la abominación. No había tiempo que perder. Saltó en el grueso brazo que aún atendía como desenterrar la gigantesca arma, y corrió hacia los hombros para dar dos disparos certeros y mortales a la nuca. El cuerpo entero se estremeció y dejó de reaccionar, aunque extrañamente no se tumbó. Aprovechó la altura para observar lo que venía en la retaguardia, y su mirada no podía creerlo.

Eran decenas. No, cientos de seres que los elfos ya conocían pues sus camaradas habían luchado contra ellos en esos bosques hace poco. Criaturas como murciélagos gigantes cubrían los huesos, pellejos y cascaras que conformaban la armada de los no-muertos, detrás de la cual se ocultaban los llamados vagones de carne. Custodiando todo estaban las arañas que habían traído del norte, y la vista no necesitaba decir más. Estaban más cerca de lo que pensaban, y eso solo significaba una cosa.

No quedaba tiempo.

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— Con todo respeto, archidruida, es una idea suicida. Las fuerzas que necesitaríamos son las que perdimos hace unas semanas defendiendo el Árbol. ¿No es mejor acaso quedarnos acá y avanzar un paso a la vez, en campo donde tenemos todo absolutamente controlado?

La de esa noche no era una reunión casual. Los líderes de los Guardianes de Hyjal debían tomar una decisión pronta sobre lo que iban a hacer finalmente con Ragnaros y las armadas de fuego que, aunque no se habían manifestado claramente, no tardarían en ejecutar un ataque final y reforzado. La presencia de los druidas en Monte Hyjal era esperada por el Señor del Fuego, pero no se esperaba que entre esos druidas hubiese otros ejerciendo presión. Otros que despertasen a los Ancestros. Otros que pusieran en desventaja considerable a Ragnaros.

Uno de esos otros era Perle, quien evidentemente no estaba de acuerdo con el plan del archidruida. No tenía el rango para poder dar su voz y voto, pero aquellos que la mandaban tenían una opinión similar.

—Mire a la gente alrededor suyo, Archidruida.— La Sargento Primera Irya, hija de Lannya, trató de esconder su disgusto por la propuesta detrás de las palabras más calmadas que pudo encontrar mientras apuntaba a los elfos en su pelotón.— Están exhaustos. Pueden tener comida, agua y techo, pero algunos de ellos solo conocieron sueño después de días. Mantén todo como está aquí. Eventualmente las fuerzas de Ragnaros se acabarán, y tendrá que rendirse.

—Ragnaros no conoce rendición, niña—Respondió el archidruida—Fue una suerte enorme que Cenarius, Hamuul y yo hayamos dado con él, y mayor fue recibir ayuda para poder empujarlo de vuelta a su mundo. Era algo con lo que no contábamos, y seguramente ha hecho que Ragnaros se enfurezca más. Si bien en el primer ataque hubo un elemento sorpresa, pude notar que aún no liberaba todo lo que tenía. Si lo dejamos pronunciarse por segunda vez nos lanzará todo lo que tiene, y si nos quedamos aquí terminaremos agotándonos. Debemos llevar la guerra a él. Aunque los necesitaremos, solamente ustedes pueden decidir si ayudarnos o no.

El descontento de la sargento era evidente. Ella, como el resto de su pelotón también estaba exhausta, pero continuaba en su quehacer a diario sin quejarse, hasta ahora. Veía que todo estaba bajo control, y no creía necesario un ataque.

—Pues bien. Aquellos que estén de acuerdo, levanten sus manos.

Casi todos los druidas demoraron en levantar las manos, pero los que estaban en desacuerdo podían contarse con los dedos de solo una mano humana.

—Está decidido. Hamuul y yo buscaremos la forma de ingresar al reino de Ragnaros. Necesitaremos emisarios que contacten a los chamanes del Anillo para poder tener más información, y tam—

Ilya decidió no escuchar más y retirarse. Estaba iracunda, pero no podía ni debía demostrarlo frente a Malfurion. Al contradecirlo ya había ido más allá de lo que pocos se atreven, incluyendo a sus iguales de rango y edad, pero no estaba arrepentida. Lo que decía ella era verdad. Muchos compañeros druidas ya estaban cansados. Muchos de los que llegaron de distintas partes del mundo se fueron para atender otras urgencias o simplemente para descansar. Y ella estaba en el medio negativo de ambas: enfrentando una urgencia que no quería enfrentar, y buscando un descanso que necesitaba hace días.

Al rato, los druidas salieron de la edificación que habían reconstruido en Nordrassil para volver a sus puestos. Muchos de ellos asumían sus formas bestiales, mientras que otros, aún convalecientes en algún grado por los eventos del reciente pasado, eran llevados en monturas.

Lejos del edificio, el oso al que muchos humanos gustan llamar “Mokazín” era acariciado suavemente por Perle, aunque no con la dulzura que la caracterizaba antes. Estaba cansada de pelear. Es cierto que cada día era la misma rutina de combate, pero el hecho de tener que empuñar el arco en combate militar y no para buscar sustento la tenía más nerviosa que de costumbre.

—Siento que no haya más tiempo para descansar, cazadora.

Malfurion había visto a Perle sentada a los pies de una de las raíces del enorme Árbol del Mundo, y se acercó caminando. No quiso aproximarse en silencio. Muchos de los elfos cazadores de los pelotones saltaban al momento en que escuchaban el crujir de una hoja seca.

—No es por mi, en realidad. Usted mismo vio a muchos de los que estabamos ahí cansados e incluso aún heridos. Hemos peleado demasiado. Ellos no necesitan ver más sangre. No necesitan sufrir más.

—Sin embargo, ellos mismos se han adjuntado a este plan. Ellos ahora ven lo mismo que veo yo.

El archidruida tomó un respiro.

— ¿No será… que tú ya te has rendido?

Ella se mantuvo en silencio.

— ¿No será que tú no quieres sufrir más?

Nada.

— ¿No será que tú ya has peleado demasiado?

El oso, que tenía una conexión increíble con la cazadora, se interpuso entre ella y el druida. Las respuestas eran obvias.

—Todos aquí hemos visto y sufrido demasiado. Estamos todos cansados y ya hemos dado hasta el último de nuestros esfuerzos aquí. Sin embargo, esto es algo que necesitamos hacer. Cuando te des cuenta de ello, regresa. Te necesitaremos.

Sin una palabra más, el archidruida se transformó en un pájaro inmenso, y se alejó aleteando bajo el brillo de las dos lunas del mundo.

La cazadora no quiso verlo partir.

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— ¡Madre, él no sabe montar a Mishune! ¡Nos vamos a perd—

— ¡Calla, niña! No es importante ahora. No les queda tiempo. Tienen que irse rápido.

— ¡No madre! ¡No te quiero dejar sola!

Y entonces la madre tomó a sus hijos en un apretado abrazo. El último abrazo que se darían en sus vidas. Había muchas cosas que aprovechar, y huir era la primera. Despedirse era la segunda. La madre lo sabía a la perfección, pero los hijos en sus inocentes y cortas vidas no sabían más que tenían que permanecer en el regazo de quien los trajo al mundo. Un mundo en que los pueblos se habían confiado del uso de la magia, y que sin pensarlo ni quererlo atrajeron a fuerzas demoníacas que solo buscan devastación.

Un mundo ahora asediado por la Legión.

Segregados de los Altonatos, los padres y familiares de Perle vivían como fugitivos en los bosques de Suramar, ocultos de la vista y rastreo de quienes no podían aún considerar enemigos aunque no faltara mucho para eso. Los agentes de la Legión habían aparecido de la nada a causa de las retorcidas maniobras de los Altonatos, y en su corta estadía ya habían terminado con las vidas de miles de elfos que no deberían haberlas perdido.

Mishune, el sable de la familia, ya estaba viejo para llevar a guerreros con armadura pero no lo suficiente como para no llevar a dos niños cuyos padres solo deseaban que sobrevivieran. La naturaleza se encargaría de criarlos en el futuro, y seguramente serían mucho más fuertes que los simples artesanos que abundaban en sus familias. Solo había que arreglar todo para que se fueran rápido y pudiesen escapar de los perseguidores. Hace unos días los habían visto acercarse por el este, pero no se sabía si continuarían avanzando o se detendrían de vez en cuando para mantener puestos de avanzada. El padre había ido a explorar el área desde entonces, pero no había vuelto aún. La madre solo estaba concentrada en dejar a sus hijos en el sable rápidamente para que pudieran irse y estar a sal—

— ¡Ahí hay más! ¡Mátenlos!

Al parecer los demonios no hacen puestos de avanzada.

A lo lejos se oían los gritos de dolor y agonía de los elfos desprotegidos que también se separaron de los Altonatos. El crujir de huesos y los filos de las espadas sonaba tan cerca como el paso ininterrumpido del enemigo, y la madre solo tuvo tiempo para tomar a sus hijos y montarlos en el sable.

—Vivan.

Y luego del abrazo y la última palabra, Mishune corrió tan rápido como su cuerpo se lo permitía, llevando en su lomo a dos pequeños elfos que no deseaban separarse. Perle abrazaba el cuello del sable, ya empapado de sus lágrimas, mientras que el otro niño miraba hacia atrás continuamente llorando y gritando a su madre. De un segundo a otro, no se lo escuchó más. Shaarme había caído del sable a propósito para volver. La niña abrazada al sable solo pudo mirar atrás por un segundo para ver a su pequeño hermano correr de vuelta, pero la montura aún sabía cómo sobrevivir, y no se detendría hasta encontrar un lugar seguro.

Y en la mente de la niña, los gritos de muerte retumbaban en ecos interminables.

La mañana siguiente, la niña despertó rodeada por las zarpas del sable que dormía de forma menos plácida de la que le hubiese gustado. Había sido una noche de carrera que acabó solo cuando encontraron una cueva en la que apenas podrían meter a dos o tres elfos sentados. El bosque era frondoso, pero había un calor especial que no era característico de esa zona, acompañado del olor de árboles quemados, algo mucho menos natural. La niña decidió separarse del sable y explorar el área.

En su experiencia, explorar era simplemente caminar en un solo sentido por mucho tiempo. No había aprendido mucho de su padre, quien a su vez tampoco era diestro en las artes de la sobrevivencia. El miedo se apoderaba de ella lentamente, agudizando sus sentidos, reaccionando al más leve sonido y a la más tenue vibración. Estaba sola en el mundo ahora, avanzando hacia ninguna parte, en una caminata que había mantenido por unas horas y que seguramente extendería por algunas más. No sabía si había sido su imaginación o un efecto del miedo y la presión, pero podía jurar haber visto dos sombras correr frente a ella a través de una polvareda: una de un animal inmenso, otra tan alta y delgada como su madre. Decidió seguir la dirección que tomaron las sombras, que se desvanecieron de forma tan repentina como cuando aparecieron.

El olor a humo se hacía más intenso a medida que avanzaba en su línea recta, y la vista la hacía torpe por la molestia del calor. Estaba cerca del fuego, sin duda, y las sombras que aparecían detrás de las cortinas de humo y fuego eran algo familiares. ¿Otros elfos? Ella lo esperaba así. Esperaba que esos elfos pudieran llevarlos con sus padres y su hermano, y que pudiesen cuidar de ellos mientras que los buscaban. Esperaba que pudiesen abrazarla y darle tranquilidad, y quitarle de una vez el nerviosismo de la incertidumbre que causa estar perdida en medio de la nada.

Animada por el pensamiento repentino, caminó entre la molestia y el cansancio, atravesando las cortinas de humo, polvo y fuego hasta llegar al pequeño claro. Había elfos. Había niños. Había comida y suministros.

Todo eso, junto a las banderas flameantes de la Legión.

Frente a ella, lanzas, púas, jabalinas y picas erguidas atravesaban los cuerpos rostizados, desollados, mutilados y quebrados de decenas de elfos. Los malditos no habían tenido piedad la noche anterior. Niños, mujeres y hombres mantenían expresiones de dolor —si tenían aún partes para hacerlo— aún después de su muerte, y las cabezas esparcidas en el suelo daban cuenta de algún nefasto ritual. Se habían alimentado de los cuerpos de muchos luego de haber arrasado con sus provisiones, y en todo el lugar había charcos de sangre que daban cuenta de absolutamente todos los movimientos de los demonios y los elfos.

Y entre todo eso, trozos irreconocibles de un niño de cabello blanco y los cuerpos inertes y ardientes de los padres de la pequeña atravesados por una lanza en el cuello, y colgados de una estructura improvisada junto con otros.

Ella solo cayó en sus rodillas y gritó por el horror.

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La Fuente de la Eternidad se extendía frente a la cazadora. Sus aguas habían calmado su espíritu luego de la discusión de hace unas horas con Malfurion, pero su corazón, su cuerpo y su mente aún albergaban la duda, el cansancio y el temor. Se sentía mal de haberle quitado la palabra al Archidruida, pero sus superiores realmente representaban lo que pensaba. Sin duda era un ataque suicida aún para el más intrépido estratega, y las oportunidades de mantenerse en pie eran bajas. Por otro lado, era Malfurion. No solo él, sino también Hamuul, los Ancestros, los otros héroes del mundo. Era posible que funcionara de alguna forma, pero eso no la convencía.

—Tal y como otros que ahora se han perdido.

Las pisadas dejaban una estela de vida en la tierra, y hacían que la hierba creciese aún más verde. Sin duda el poder de un aspecto dragón era inmenso, y no merecía menos que una humilde reverencia.

— ¡Dama Ysera! —la cazadora se apresuró a ponerse de pie para arrodillarse en signo de respeto.

—Por mucho tiempo vagué en el Sueño, pequeña. Un sueño que cambia a cada segundo. Un sueño en el que veo surgir y caer montañas como las cortas vidas de los mortales. Un sueño donde las flores florecen y marchitan como ustedes se consagran o se corrompen. Donde todo existe y a la vez nada. Donde todo se ve y a la vez nada. Donde te he visto, encontrado y perdido.

A la cazadora le extrañó la forma de hablar del aspecto. De cierta forma, parecía como si no estuviese realmente a su lado a la vez que su presencia se hacía poderosa. ¿De qué naturaleza sería su propio mundo? ¿Estaría atrapada aún en el Sueño? Había escuchado rumores del regreso de Ysera y su conexión con el Sueño Esmeralda, pero desconocía del todo que era exactamente. Quizás tampoco era de su incumbencia, por lo que decidió no responder de inmediato. Quería escucharla un poco más.

—Tu ser en el sueño es incierto. Te he visto correr por bosques como una niña, y de un momento a otro vuelves como adulta. Siempre cabizbaja. Siempre oculta. —Ysera miró a Perle a los ojos—Mi hermana. Recuerdo que me habló de una niña en el bosque. Me habló de un entierro en este lugar.

Era cierto. Los restos de su familia estaban en Hyjal, como memorial al desastre que rompió al mundo. Ella solo recordaba que un ser alado la había llevado a este lugar meses después de ver a su familia por última vez, para ser acompañada por otros como ella que habían sobrevivido al quiebre del mundo.

—En el Sueño te he seguido, curiosa de quien eras y porque corrías así. Venías a este lugar. Venías a visitarlos, y ellos te recibían. Luego te perdías, y volvías como una adulta, corriendo con un arco en tus manos y un pequeño oso en tu espalda. Siempre llorabas. Siempre corrías. Siempre te perdías.

Ysera se sentó al lado de la cazadora, como si supiese que la cazadora ya estaba confundida por su presencia y sus palabras.

— ¿Por qué lloras? ¿Por qué huyes?

Perle no había notado que las lágrimas corrían por sus mejillas a la vez que su cuerpo entero temblaba. No quería perder nada más.

Cuando lo entendió, se vio rodeada por el brazo afectuoso del aspecto dragón.

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— ¡Vienen al Árbol! ¡Retirada!

Los orcos de Thrall no habían resistido más frente a la avalancha demoníaca de la Legión. Aunque cayeron más enemigos que aliados, una vez que los sirvientes de Archimonde llegaron en masa a arrasar por completo la barricada no había nada que hacer. Entre humanos, orcos y elfos trataron de mantener la línea el mayor tiempo posible, pero la superioridad numérica de los demonios era completamente abrumadora.

Flechas, hachas, garras y espadas volaban sobre las cabezas de aquellos que seguían peleando, mártires que permitían el escape del puñado de gentes libres que hacían su retirada hacia el punto de choque final: Nordrassil.

Y entre los que se retiraban, un elfo cazador acompañado por su aprendiz, quien cargaba a su vez a un pequeño oso en la espalda y el más simple de los arcos en su mano izquierda, corrían entre los árboles como la ardilla corre de las garras del águila. Solo que lo que venía desde arriba eran las familiares garras de los hipogrifos de las cazadoras montadas de Vallefresno, intentando rescatar a aquellos que pareciesen estar más lejos del punto final. Al frente del grupo, una montura de un brillante color blanco, inimaginable en las fronteras de los elfos de Nordrassil. ¿De Azshara, quizás? ¿Algún lugar más al norte?

— ¡Los llevaremos al frente! ¡Está todo preparado pero nos faltan brazos, piernas y arcos! —gritó la capitana Lannya, aterrizando el hipogrifo blanco cerca de ellos para que se detuvieran, mientras que algunos de los seis miembros del escuadrón aterrizaban también.

— ¡Tú conmigo!—le dijo una de las cazadoras montadas a Jhaan— ¡Niña, ve con la capitana! Aryento es más grande y resistente que cualquier hipogrifo del escuadrón, y podrá llevarte con tu oso.

Tanto maestro como aprendiz no tuvieron más opción que acatar las órdenes. Ambos treparon a las monturas y apenas se habían asegurado partieron el vuelo. Desde arriba, la vista era completamente diferente y se daban cuenta como habían dado con ellos. Frente a ellos, las ramas y raíces del Árbol del Mundo eran ya visibles. A sus espaldas, solo los restos y humos del asentamiento orco, abandonados por cientos de personas que por la altura parecían solo puntos. Sobre ellos, el cielo azul se oscurecía para dar paso a Elune, aunque había aún un poco de luz.

Y sobre ellos también unas sombras aladas.

— ¡Gárgolas!

Eran veinte o más las gárgolas que se habían adelantado a las fuerzas principales para explorar el terreno, aunque nada les impedía destrozar a cualquier enemigo de la Legión con los que se cruzaran en el camino. Las bestias no eran muy adiestradas en el arte del combate pero sí eran bastante instintivas, y por ende rabiosas y mezquinas. Aquellas que sí sabían de combate eran las cazadoras elfas. Dedicadas a prácticamente vivir encima de un hipogrifo, estaban ya acostumbradas a maniobrar y disparar al mismo tiempo. El resto, sin embargo, era diferente esta vez. Debían lidiar contra criaturas capaces de embestir en el aire cambiando su cuerpo a una forma más pesada y sólida como la roca.

Las alas se enredaban cada vez más en la escaramuza, mientras las cazadoras trataban de derribar a alguna de las gárgolas a la vez que esquivaban sus cargas. Una de las nefastas abominaciones pudo golpear el vientre de un hipogrifo lo suficientemente fuerte como para hacer que su jinete perdiera el equilibrio y cayera para ser quebrada en el pecho por la mordida de otra gárgola y luego caer muerta. Jhaan pudo cobrar venganza depositando una flecha acertadamente en la mandíbula de un enemigo, atravesando el cráneo y convirtiéndola en una piedra que se rompió en mil pedazos cuando aterrizó inerte. La capitana Lannya lideraba el contador de la pelea—aunque era, obviamente, lo menos importante de la batalla. A puntadas de lanza logró dañar los huesos de las alas de dos de ellas, para luego dejarlas caer y atravesar a una tercera gárgola desde el costado hasta la nuca. Cuando la criatura se dio cuenta del dolor, ya estaba demasiado cerca de la muralla de árboles. Perle logró hacer caer dos más acertando en los cuellos de sus atacantes, y fue felicitada por la capitana. Otra elfa logró atinar un flechazo directo al pecho de una de las criaturas, pero no fue tan afortunada luego que ella y su montura cayeran a piso por otra gárgola suicida que se aferró a ellos y adoptó su forma de piedra, destrozándose ella y sus rehenes en pedazos.

Los elfos ya habían perdido dos. Ellos habían perdido más de la mitad. Sin embargo aún quedaban muchas, y debían llegar al lugar final lo más pronto posible.

— ¡Cazadoras! —Gritó la capitana, levantando la lanza— ¡terminemos esto ahora!

El grito de guerra de las elfas se elevó en un coro de voces terminantes en una nota de furia, y los hipogrifos se lanzaron hacia adelante con presteza a la vez que sus jinetes elevaban sus arcos para dar la salva final al enemigo que también se había reunido para embestir al unísono. Había algo raro, sin embargo, en su formación. No habían matado tantos. En la salva cayeron cuatro más a tierra, desmenuzándose como carne bajo una maza, pero ahora solo quedaba uno de ellos y muy malherido.

— ¡Gárgolas desde arri—El golpe fue directo. Las cinco gárgolas restantes se habían elevado para atacar desde el aire y alejados de la visión de las elfas de la noche, como misiles lanzados por un cañón aéreo. Dos de ellos lograron dar con hipogrifos, y un tercero estuvo a punto de caer encima de la capitana y su joven acompañante, de no haber sido porque fueron embestidos a propósito y a tiempo por Jhaan en un hipogrifo que había perdido a su jinete, rompiendo instantáneamente los huesos de la espalda del elfo y su montura, y empujando al maestro al bosque que sobrevolaban. Perle logró ver que la persona que la había adoptado hace muchos años caía sobre los árboles, desapareciendo de la vista entre las ramas.

Afortunadamente las gárgolas no fueron capaces de recuperarse de su propio ataque sorpresa, cayendo también a sus muertes instantáneas. Sus formas de piedra hicieron que ganaran demasiada velocidad como para volver al vuelo en medio del aire, así que la gravedad dejó que sucediera el resto. La única que quedó con vida fue lo suficientemente astuta para huir a tiempo, aunque no sin que una de las cazadoras restantes lograse atinarle en el costado con un disparo firme.

— ¡Maestro!—gritó Perle con todo el aire que le quedaba— ¡Déjeme ir con él, capitana! ¡Podemos rescatarlo! ¡Tiene que estar vivo!

—Niña, no podemos descender. Debemos llegar a la base final y darle a Malfurion más tiempo. Deberás controlar tus emociones por el momento, y acompañarnos hasta el final. —la capitana Lannya entendía la situación, pero trataba de enfocarse en el objetivo final. Para ella también era desmembrador pensar en los cuerpos destrozados de sus hermanas, pero la guerra trataba a todos por igual.

Las cazadoras restantes se formaron detrás del hipogrifo blanco de inmediato, y con un solo gesto todas emprendieron el rumbo hacia Nordrassil. Bajo ellas, la guerra continuaba en cuarteles sangrientos. Pese a que el viento estaba a favor, también traía consigo los gritos de dolor de aquellos que perdían sus vidas abajo intentando frenar a los demonios. De pronto, vieron que también había otras cosas acarreadas por el viento: pequeñas motas susurrantes y brillantes, que dejaban tras de sí una pequeña estela tan azul como el océano, se apresuraban en la misma dirección que las cazadoras de Lannya y muchas otras que venían apresuradas en sus monturas de aire para unirse a la resistencia.

— ¡Iremos directamente con la sacerdotisa! ¡Debemos cubrir el frente! ¡Centinelas al frente, arqueras detrás! ¡Perle! —se dirigió a la novata cazadora de la forma más escueta posible— ¡Ve con Malfurion! ¡Dile que retendremos a los no-muertos lo más que podamos, pero que cualquier cosa que haga debe ser rápido!

Estaban ya en Nordrassil cuando Lannya dejó descender a Perle en las montañas cercanas para retirarse rápidamente al frente. Aún tenía con ella la pena de haber visto caer y posiblemente morir a la única persona que había estado con ella, y que le había enseñado como ser alguien más que sus padres quienes, pese a haber sido gentes honorables, no necesariamente fueron relevantes en la historia. Jhaan había visto eso en la elfa, y aceptó tenerla como pupila e hija adoptiva luego de saber todas sus vivencias hasta el momento en que los aspectos la habían llevado junto con tantos otros al lugar donde ahora se elevaba el Árbol del Mundo.

Ahí estaba de nuevo, llorando por un ser querido por segunda vez, en un corto pero firme abrazo de la capitana Lannya.

— ¡Vengan, elfos de la noche! ¿Dónde han dejado la pasión y el fuego con el que lucharon hace tanto tiempo?

La voz grave parecía traída de ultratumba, y sólo podía significar que el líder de los enemigos, el demonio Archimonde, se las había arreglado para arribar a la Cumbre de Hyjal. Perle se dio cuenta que no tenía tiempo y, dejando los pensamientos de lado solo por un momento, corrió hacia el lugar que Lannya le había indicado, manteniendo siempre la zarpa del pequeño oso entre sus dedos. En su ascensión, pudo ver más motas azules flotando en dirección al lugar del destino de la cazadora. ¿Era parte de un encantamiento del archidruida? ¿Un arma oculta del enemigo? No tenía tiempo para discutir consigo misma ni para intentar descubrirlo por su cuenta. Debía llegar con el mensaje. Sabía que su maestro, tal y como sus padres, se había sacrificado para salvarla, lo que le daba una misión en el mundo y en ese punto de la historia.

Sus piernas siguieron las cada vez más abundantes motas azules, hasta que las grandes astas, la barba larga y revuelta, la figura maciza y el poder que emanaba del archidruida le indicaron a la cazadora que había llegado a destino.

Malfurion Tempestira se alzaba vigilante del Árbol del Mundo, rodeado de las motas y empuñando un gran cuerno en sus manos que, seguramente, tenía más edad que la cazadora o su maestro.

—Se a lo que vienes, pequeña, y crees traer una noticia quizás nefasta a mis oídos. Las fuerzas de la naturaleza me han hablado, y se levantarán en contra de nuestros adversarios. Las victorias de Archimonde lo han hecho confiarse, y no será capaz de ver la trampa que le he preparado. Los espíritus de la naturaleza y de nuestros ancestros quieren ver el futuro de nuestro pueblo erguido, sabio y protector, y se entregarán al poder primigenio del Árbol cuando suene el Cuerno de Cenarius.

No había terminado de decir esto cuando las motas azules comenzaron a formar un remolino alrededor del archidruida. De pronto, esas motas revelaron sus verdaderas identidades: los rostros de miles de elfos que alguna vez abandonaron este mundo, cuyas almas quedaron ligadas a los bosques del mundo, rodeaban a Malfurion quien, con un solo movimiento de manos, las comandó a prepararse. Detrás de ellos, las patas del sable lunar de la sacerdotisa Tyrande anunciaron su llegada, junto con otros elfos que habían sobrevivido al asedio y que funcionaban como sus escoltas.

Frente a ellos, el gigantesco demonio Archimonde se abría paso entre los bosques en dirección a Nordrassil.

—Los extranjeros lo reprimieron lo más que pudieron. ¿Tuviste éxito planeando la defensa de la Cima? —le dijo la sacerdotisa a su shan’do, acercándose a su lado.

—Si—le respondió Malfurion—, y ahora nuestra victoria está asegurada.

Levantó Malfurion el Cuerno, y bastó un soplido para que el llamado retumbara como si todas las voces del mundo hubiesen hablado a la vez. Se alzó un viento que corría en todas direcciones, y los espíritus susurrantes con los que Perle había corrido hace unos minutos se elevaron. Ella nunca había visto un espectáculo de esa magnitud, y se acercó a Malfurion para ver un poco mejor. Los espíritus abandonaban el bosque para correr en dirección al Árbol del Mundo, pero uno se quedó atrás por un segundo, frente a la joven cazadora.

Era él. El que había sido padre y maestro se había unido a voluntad con la naturaleza para asegurar el futuro del mundo y el de su joven hijastra. Viviría siempre ligado al Árbol al igual que ella. No fue necesaria la palabra en la despedida, pues tanto ella como él sabían eso ahora.

En un abrir y cerrar de ojos el espíritu de Jhaan ya no estaba ahí, sino rodeando el Árbol del Mundo, arrojando su energía a la labor de la destrucción de Archimonde junto con todos los otros.

Tan rápido como el demonio pensó que tendría la victoria, se esfumó en un rugido de agonía y la luz emitida por la energía de los espíritus.

—Adiós, maestro—dijo la cazadora, dejando caer una lágrima al suelo.

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No sabía precisamente lo que la aferraba aún a ese lugar, pero Perle se vio entre medio de la multitud de druidas y héroes del mundo que esperaban al momento en que abriesen el portal para poder entrar a los dominios de Ragnaros. Luego de su encuentro con Ysera cayó dormida en la orilla del lago solo para soñar sobre recuerdos antiguos, y al despertar pensó que podía ser parte de la invasión. Sin embargo, el cuerpo la retenía como negándose a estar ahí, y la mente repetía imágenes de lugares placenteros en los que podría estar ahora.

La duda la dominó una vez más. Sabía bien la razón por la que se rehusaba a luchar, pero no era capaz de sobrepasar esos sentimientos para enfocarse en lo que era realmente importante. Su mente estaba dividida en dos, aunque el lado que quería redimir sus dichos y acciones pasadas hace tiempo que había sido sobrepasado.

Sin embargo, ya no había vuelta atrás.

— ¡Hasta ahora hemos tenido todo bajo control, hermanos, pero no podemos dar tregua a nuestro enemigo!—Aulló Hamuul Tótem Rúnico, quien también estaba al frente para liderara las fuerzas invasoras—¡El portal se abrirá en unos momentos! No sabemos que nos esperará al otro lado, ¡pero nos mantendremos firmes! ¡Nuestra victoria asegurará el camino para que el Señor del Fuego caiga de una vez y por todas!—No había terminado de decir estas palabras cuando la voz de Hamuul se perdió entre los gritos y aullidos de aquellos impacientes de iniciar el ataque, quienes levantaban sus armas en símbolo de aprobación y euforia.

— ¡Es ahora, hermanos, cuando la guerr— La arenga del tauren se vio interrumpida por una repentina explosión de fuego y furia detrás de ellos. El portal se había abierto, y una figura alta como una elfa nocturna, de piel oscura y envuelta en llamas apareció de su interior junto con los elementales de fuego que embistieron contra los druidas.

— ¡Acaben con los invasores! ¡Los guardianes de Hyjal morirán por su arrogancia!

Oleadas de figuras de fuego levantando espadas y escudos de piedra y magma aparecían desde el portal, mientras que la elfa de fuego solo se limitaba a sonreír y dejar que los elementales hicieran su trabajo. Los guerreros del mundo lograban destruir algunos, pero ciertamente eran más los que terminaban quebrados o quemados a causa de los ataques de los siervos de Ragnaros. Perle estaba aún indecisa. ¿Debía irse o quedarse y luchar? ¿Debía buscar un lugar donde atormentarse, o permanecer y morir como los otros a manos de las criaturas de fuego?

—La reconozco… ¡Leyara!—Gritó Malfurion a su compañero archidruida—Si está de lado de Ragnaros, es mucho más peligrosa de lo que te puedas imaginar.

— ¡Presionen, héroes!—aulló Tótem Rúnico, haciendo caso omiso del elfo druida— ¡Atravesamos el portal ahora!—No quiso esperar algún tipo de formación, sino que se adelantó a todos mientras conjuraba un hechizo para lanzar sobre la elfa de fuego y así aturdirla por unos segundos. De esa forma podrían todos pasar por el portal rápidamente y establecer…

— ¡No tan rápido, tauren!—La elfa, sin embargo, era quizás más astuta, e invocó raíces del suelo para contener de brazos y piernas a Hamuul, a Malfurion y a todos los que lo seguían. Los que venían detrás se dedicaron de inmediato a tratar de romper los obstáculos de ellos y del alto druida elfo, pero eran extremadamente difíciles de cortar. Las raíces tomaron al druida tauren, torciendo sus extremidades lentamente y dejándolo a merced del enemigo.

— ¿Qué es esto? ¡No puedo moverme!—La sonrisa de la elfa de fuego crecía más al ver la desesperación del tauren atrapado. En un segundo, la sonrisa acabó, y el fuego que nacía de ella creció y se dirigió a sus manos en un remolino brillante y voraz. La fuerza del tauren era inmensa, y era capaz de resistirse al empuje de las lianas y si se esforzaba más estaba seguro de poder desatarse y atacar a—

— ¡Arde, alimaña!— Los brazos de la druida de fuego se estiraron, dejando escapar un torrente de fuego que aterrizó directamente en el cuerpo de Hamuul. El dolor era desgarrador, y los gritos de desesperación por liberarse mientras ardía se escucharon por todo el lugar. Los héroes y druidas que se habían liberado se abalanzaron sobre la elfa, pero ella entonces dirigió parte del ataque a ellos, fundiendo sus armaduras, escudos y armas a la piel de inmediato. Los más sabios se alejaron, sabiendo que morirían si continuaban presionando. El resto del poder de la elfa era dirigido al tauren que ahora estaba tendido en el suelo, quemado por completo e inmóvil. Quizás muerto.

— ¡Hamuul!—Malfurion se apresuró en cortar las raíces que aún lo mantenían firme para asistir a su compañero, pero cuando lo logró ya era demasiado tarde para salvarlo. Los elementales de fuego que quedaban se retiraron a las espaldas de la elfa de fuego, como si algo más los comandara desde un lugar lejano, y Malfurion quedó solo frente a ella, tomando al tauren ennegrecido e hirviendo por el fuego.

— ¿Cómo pudiste traicionarnos, Leyara? ¡Eras un ejem—

— ¡Si no han tenido suficiente, entren!—Interrumpió la elfa— De todas formas morirán bajo el martillo de fuego de mi Señor.—Y con una nueva sonrisa en el rostro, les dio la espalda para entrar en el portal.

— ¡Todos al portal, ahora!— gritó Malfurion en un escape de ira. Algunos druidas se quedaron para tomar a Hamuul y ver lo que podían hacer por él—si es que estaba vivo. Los que lo socorrieron miraron por encima del hombro, buscando más ayuda para el druida.

Los ojos de Perle coincidieron con uno de los druidas curanderos junto al líder tauren. La mirada del druida era fija, y era tan potente que era fácil descifrar lo que significaba.

Yo acabo de perder algo valioso, pero seguiré luchando.

— ¿Qué haces, idiota?— refutó un goblin, que a juzgar por su armamento y su lenguaje era un pícaro y de los peores— ¡Hay que ir a pelear y tú te quedas parada como una vaca! ¡Estúpida!

La cazadora le prestó atención al goblin por un segundo, para volver la vista y ver que el druida había desaparecido. La multitud detrás de ella corría hacia el portal y la empujaba como una manada al ternero que está en el medio, pero ella no quería moverse aún. Estaba más temerosa ahora de perderlo todo. Había visto el poder que tienen los que habitan en el otro lado del portal aplicado en uno de los líderes de Hyjal y en muchos de sus compañeros. ¿Para qué pelear si ellos nos van a aniquilar de todas formas?

Hay que hacerlo, decía el otro lado de su mente, pero era un eco que se perdía en los gritos de batalla de los que la empujaban cada vez más cerca del portal. La disyuntiva entre partir y quedarse la atormentaba a cada segundo, hasta que el calor insoportable del portal hizo que volteara el rostro a un lado, y de pronto ya fue demasiado tarde.

Estaba en el infierno.

Eran miles de aventureros y druidas que luchaban sin parar contra un sinfín de criaturas hechas de roca y lava acompañadas por más elfos cubiertos de fuego, en un lugar que nunca nadie se hubiese imaginado a menos que haya nacido aquí. El suelo mismo quemaba los pies más cubiertos, y las nubes del cielo escarlata es un homo irrespirable que emanaba de las miles de pozas de lava y cuevas de fuego del lugar. El lugar mismo al que habían llegado parecía una isla flotante, que en lugar de agua tiene fuego y calor abrasados sosteniéndolas. Nada de lo que en Azeroth se conocía como vivo podría vivir aquí por su propia cuenta, por lo que no había más plantas que aquellas que podrían haber estado aquí alguna vez pero que no eran más que vestigios de ceniza.

Las piernas de la cazadora se debilitaron un momento, pero todo lo que había frente a ella la tenía paralizada en confusión. La cantidad de devastación y muerte que presenciaba era abrumante, pero de alguna forma los invasores ganaban terreno, y eso le permitió buscar un lugar para esconderse un momento. Sabía que debía recuperar su balance y su cordura, pero el fantasma de las guerras pasadas aún pesaba en sus hombros. Los dedos ya no querían sostener otra flecha, y los muslos se rehusaban a correr.

— ¡Aseguren el frente! ¡Formen barricadas! —Las órdenes de Ilya se ejecutaron a cabalidad y con sorprendente rapidez, considerando que la pelea aún continuaba en los flancos frontales y laterales del pequeño valle — ¡Manténganse firmes! ¡No hay tiempo que per—

El cielo se oscureció de repente, y los elementales y criaturas de las Tierras de Fuego atacaron con más fuerza de la que ya habían demostrado. El motivo se revelaba detrás de ellos, desde donde emergía un resplandor enceguecedor.

— ¡Adelante, siervos! ¡La Hora del Crepúsculo nos espera!

El resplandor iluminó todo el lugar de repente, y desde dentro de él apareció aquél que dominaba el plano elemental del fuego. Aquél cuya gigantesca figura de magma y metal fundido había sido invocada en Azeroth hace mucho tiempo, y que fue derrotado hace unos años sin que tuviese todo su poder. Aquél que portaba a Sulfuras en su mano una vez más, decidido a usarla para acabar con todo lo vivo en la agonía del fuego.

Ragnaros, el Señor del Fuego, había emergido para liderar a sus fuerzas que ahora se acrecentaban en cantidad y en ira. Los que luchaban por defender el frente se vieron sobrepasados, y todos los que estaban trabajando en establecer estructuras defensivas tuvieron que dejar sus labores atrás para asistir en la repulsión de los atacantes.

La cazadora tuvo que caer en sus rodillas pues las piernas de repente perdieron toda fuerza, y la esperanza de salir con vida de ese lugar la abandonó completamente. No era miedo. Era el terror que siente el animal que está arrinconado por su depredador. Era el terror que siente aquel que está al filo de la espada, pero que puede sentir el frio de la muerte en el resplandor de la hoja.

Perle se cubrió los oídos, se acurrucó y gritó.

Los brazos que la levantaron estaban tan agotados como ella, pero la pusieron de pie tan rápido que Perle lo sintió como haber despertado de una pesadilla. La sargento la había visto entrar y, como muchos, tuvo que levantarla y sacudirla del espanto que acababa de presenciar. Su rostro, brazos y pecho estaban cubierto en sangre y cenizas, remanentes de la lucha que había llevado a cabo hace unos minutos.

—¡Lo se, lo se! Pero niña, ¡tenemos que luchar! ¡Luchar por lo que queda de nuestro hogar!

La palabra retumbó en su cabeza como una campana en el más profundo de los calabozos, y la vista cambió completamente. Por un segundo que pareció una eternidad, Perle se vio de pie parada en un campo interminable de ceniza y huesos, donde los bosques que ella había aprendido a amar, las bestias que la acompañaban a todos lados, los amigos que había hecho…

…las tumbas de sus padres. Nada de eso existía ya.

Ni siquiera eso.

En ese momento se dio cuenta que lo perdería todo si seguía siendo el animal acorralado. Su mente se despejó para llenarse nuevamente no de pensamiento, sino de instinto.

El instinto de contraatacar.

Nadie se dio cuenta de donde vino tal grito de furia, pero los guerreros al frente alcanzaron a ver como dos elfas de la noche se abalanzaban sobre ellos para atacar a las fuerzas de Ragnaros.

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Perle aterrizó en los hombros de uno de los druidas de la flama que estaban en el frente, enterrando dos de sus flechas en el cuello, con las cuales luego dispararía en las extremidades de una gigantesca monstruosidad hecha de piedra y magma para escalar sobre ella y disparar desde arriba. Desde las alturas era más peligroso disparar pero no importaba, pues no permitiría—

— ¡Aaaaaaargh!

Desde la altura escuchó y vio a Ilya, su superior, quien logró aterrizar de costado tras un ataque furioso de una de las criaturas de piedra, evadiendo gran parte del daño. El elemental que la había tomado del antebrazo y que la había lanzado a tierra aún quería verla arder, y se abalanzó sobre ella para escupirle fuego en la cara. La cazadora vio lo que sucedía y, tras la práctica de semanas, logró acertar en el núcleo del elemental que se partió en pedazos.

Cuando Ilya se puso de pie, notó que el campo de batalla había cambiado a su favor. Muchos guerreros que la vieron a ella y a su cazadora subordinada tomaron coraje para abalanzarse sobre las fuerzas elementales que se dieron cuenta que serían sobrepasados, y se empezaron a retirar. La oportunidad de avanzar por el frente fue bien tomada por los invasores que seguían a las nefastas criaturas para darles muerte.

Sin embargo, Ilya no estaba aún satisfecha.

En un pestañear de ojos logró adelantar a muchos otros soldados y derribar varios más que se prestaban para el escape, excepto uno de los elfos de flamas que repentinamente se volteó en su dirección. Ella pensaba que la iba a embestir, pero el traidor se envolvió en una esfera de fuego en la carrera, de la cual salió un ave de fuego gigantesca. El choque entre ambos fue inevitable, y aprovechando la superioridad de masa, el druida de flamas tomó a la sargento y emprendió el vuelo. Ella no estaba dispuesta a dejarse matar tan fácilmente, y enterró una de sus dagas en el costado de su captor. El ave chilló en dolor pero se rehusaba a dejarla en libertad. La segunda puñalada en el mismo lugar la convenció que debía hacer más para matarla. Sin embargo, ella no estaba ya en su posesión, y de un segundo a otro el druida sintió un peso inmenso caer en su lomo, junto con una tercera puñalada en la nuca.

El ave cayó estrepitosamente al suelo, pero la elfa había aprovechado el impulso para saltar al último momento y atravesar a un druida de flamas que no había puesto suficiente atención. La espada, ahora negra y pegajosa por la ceniza y la sangre, era blandida en todas direcciones de donde venían enemigos mientras Perle trataba de aproximarse a ella entre todos los guerreros y criaturas que se cruzaban en su camino.

— ¡Ilya! — gritó Perle, llamando la atención de los asaltantes.

Las flechas atravesaron los rostros, cuellos y torsos de varias de las criaturas que estaban alrededor de la sargento, arrancando la vida de varias de ellas. No pudo depender del arco por mucho. El combate se aproximaba a ella, y lo único que alcanzó a distinguir en la confusión fue un par de dagas ensangrentadas que giraban hacia ella. Un druida no alcanzó a leer el movimiento y sintió a la cazadora enterrando una daga entre medio de sus vértebras, mientras que la otra daga atravesaba las escamas de la barriga de la criatura serpentina que trató de darla de baja con su tridente.

— ¡No podría estar mejor acompañada en este infierno! — La espada de Ilya cortó el muslo de un druida que se estaba convirtiendo, en su paso a cercenar la cabeza del resto de un elemental.

— ¡Pelearé! — Las dagas de Perle atravesaban la nuca del felino de flamas sobre el que se había encaramado, mientras que el elfo traidor al que le había llegado una patada de la elfa se tomaba la mandíbula sumido en el dolor. — ¡Daré todo de mi!

— ¡Por nuestro ho—

La explosión las derribó junto con el resto de sus atacantes, y desde las chispas y el humo apareció la misma elfa de la noche de tez oscura que los había enfrentado frente al portal en Hyjal. Sobre sus hombros, alas de fuego ardían en el abrir y cerrar de sus pliegues, y un calor abrasador arrancaba desde sus entrañas, haciéndose camino afuera de su piel.

Y de su mano abierta, una explosión de fuego fue expelida con furia sobre ambas guerreras quienes fueron arrojadas a la distancia, cayendo por un precipicio.

Una roca en el peor momento hizo que todo se volvió negro a los ojos de Perle.

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Los lamidos del oso lograron despertarla finalmente. Había estado al lado de su ama por horas, después que los druidas lo encontraran esperando fuera del portal. Al abrir los ojos, le sorprendió ver el contraste del cielo rojo con las horas verdes y jóvenes de un pequeño árbol que Malfurion, el archidruida, había plantado en el frente, para asegurar finalmente el asentamiento desde el cual se dirigiría la invasión. Le dolía absolutamente todo, pero no sentía que tuviese alguna fractura u otra lesión importante. Trató de ponerse de pie, pero una mano amiga la instó a descansar un poco más.

—Estabas cubierta en tierra y ceniza. Pensé que no sobrevivirías al fuego y a la caída, pero veo que eres más fuerte de lo que cualquiera podría pensar.

La voz le era familiar, y era una voz que ella había escuchado desde su niñez. La dulzura, determinación y seguridad característica de la sargento a la que seguía eran incomparables. No había duda de los motivos por los que ella ocupó el lugar de su madre luego de su muerte a manos de los orcos en Vallefresno.

—Me haces sentir orgullosa. Mucho.— Ilya tomó el hombro de Perle, quien se resintió por el dolor pero lo superó tras unos segundos.— Los invasores se han retirado a las colinas más allá, donde combatimos juntas. Están furiosos de haber permitido que el enemigo lo hubiese encarado. Es la oportunidad que nos ha permitido establecernos bien aquí, y con tiempo y atención seremos capaces de hacer crecer nuestro refugio en este reino hostil.

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? No lo sabía a ciencia cierta. Podrían haber sido horas o días, y por eso le costó algo de trabajo a la cazadora ponerse completamente de pie. Al menos su cuerpo y su mente estaban sanos, y el enfoque era uno solo.

— Ahora lo entiendo todo. — dijo Perle, tratando de caminar en dirección al frente.

— Lo recuerdas, ¿no? — Ilya se puso de pie también. — ¿Recuerdas el funeral de mi madre?

La cazadora recordaba siempre como Lannya había acabado de entrenar a Perle, y cómo solían salir juntas en sus patrullajes para asegurar los bordes de Vallefresno. Fue ella quien le había enseñado a montar un hipogrifo y a disparar su arco desde las alturas tras la muerte de Jhaan. Cuando sucedió su muerte, el hipogrifo y la hoja de su lanza pasaron a su hija, pero ambas Ilya y Perle tomaron sus manos cuando se fue.

Era la segunda madre que había perdido.

— Para ver el futuro crecer hay que hacer sacrificios. Jhaan y mi madre se sacrificaron para permitir que pudiesemos ver un futuro, y así como ellos lo haré yo también. Su recuerdo y su enseñanza están en el Árbol, y no permitiré que esa lección caiga.

Un druida del frente llegó al lado del la sargento y la cazadora. Sus ropas mostraban signos de quemaduras, y el cansancio que mostraba daba a notar que venía de una batalla a dar reportes.

— Mi Señora, hemos descubierto el lugar donde se reúnen los druidas traidores. Preparan un ritual desconocido para nosotros. Intentamos detenerlos pero son demasia—

El rugir del oso se hizo escuchar, y la cazadora, tomando el arco y un carcaj de flechas de uno de los guardias, subió al lomo de la bestia.

— La guerra ha empezado. — le dijo a Ilya, quien también montó para ir a luchar una vez más.