Hambre

Gritos otra vez.

Era la tercera vez desde que despertó que había escuchado gritos en una sala más allá, seguramente causados por una criatura que no pudo reconocer al oído. Sus sentidos eran lo suficientemente agudos como para escuchar el zumbar de una mosca a leguas, pero su escaso conocimiento del mundo le hacía errar cuál podría haber sido la criatura que ahora era destrozada por partes para alimentar a los acechadores.

La boca se le había secado hace tiempo ya. El agua no era un recurso que la Legión usase demasiado, y estaba más que harto de beber sangre de ratas y alimañas. Ya habían pasado más de diez mil años desde que había probado un bocado decente en su pueblo. Se maldijo una vez más, como lo hacía cada día desde que había sido abducido, de no haber tenido la fortuna de ser asesinado como el resto de su familia. Maldijo su raza, su supuesto poder, su inmortalidad. Prefería haber muerto miles de veces y de todas las formas posibles a estar como estaba.

Las murallas que estaban a su alrededor estaban teñidas de negro por la suciedad y el sudor de su cuerpo durante los últimos… ¿seis años? Era imposible mantener la cuenta del tiempo que había pasado desde que lo movieron a ese agujero, pero podía recordar cada uno de los maltratos y torturas que había sufrido desde que lo capturaron. Los demonios habían bebido de su sangre, devorado partes de su carne, arrancado y cocinado sus ojos dorados, y alimentado pobremente el apetito del elfo con los restos de los demonios que quedaban de las conquistas de incontables mundos que ahora ya no existen… todo en búsqueda de la razón de su inmortalidad. Él no tenía forma de saberlo, y tampoco le hubiera gustado que la encontraran.

Lo único que deseaba era algún día liberarse. Día a día se encerraba en su mente cuando sentía que no había nadie más en la habitación, e imaginaba a las criaturas que lo tomaron destrozadas y retorcidas a sus pies, su sangre vertiendo como un río interminable entre sus manos, y tiras de su carne entre sus dientes.

Los odiaba con toda su alma.

Pero no podía hacer nada. Estaba destinado a permanecer hambriento, sediento y demacrado como ninguna otra criatura en el universo; encadenado y encerrado entre esas murallas asquerosas, hasta que a sus captores se les ocurriera liberarlo con o sin vida. Sin embargo el milagro nunca llegaba.

 

 

El tiempo se sintió como una eternidad. Con el pasar de los meses podía sentir como sus huesos, su cuerpo, su piel y su sangre se deformaban nuevamente mientras que su estómago ulceroso trataba torpemente de digerir las últimas hebras de un trozo de pierna de un perro vil que le habían arrojado. No le importaba la putrefacción a estas alturas de la vida. Era comer o morir, y la única forma en que se dignaría a morir sería tratando de matar a alguno de ellos. En su mente no había opción.

Semanas después el hueso no era más que una astilla, y los dientes estaban tan afilados que podrían haber cortado una piedra. A lo lejos pudo sentir el aroma. ¡Más comida, y esta vez estaba fresca! No, no podía ser algo normal. Las pocas veces que sucedió lo mismo lo llevaron a la mesa para sacarle trozos de carne de las extremidades ahora cauterizadas de mala forma. Había que esconderse otra vez, ¿pero dónde? ¡En esta celda no había más espacio que el que le permitía estar de pie con los brazos abiertos! La puerta se abrió al fin. Había un trozo de carne fresca, pero no era para el elfo.

De la boca le caía la sangre chorreando mientras masticaba una carne grasienta sin cocinar. A su alrededor, una seguidilla de espíritus flotaban quizás con qué intención. Las alas del nath’rezim se expandían ligeramente con cada bocanada de aire que empujaba a sus pulmones tumorosos, cubriendo en parte la vaina de la daga con la cual realizaba los sacrificios. El Conde Nefarious era el mandamás en la estructura que los demonios llamaban El Motor de las Almas, una estructura destinada a almacenar las almas de aquellos que habían sido mutilados por los demonios de la Legión para utilizarlas con diferentes fines. Muchas de esas almas rondaban con frecuencia alrededor del Conde, quizás buscando ser devoradas para terminar con el tormento. El Conde había pasado milenios alimentando su adicción con los espíritus de los capturados y los caídos en batalla.

El elfo no podía verlo, pero la forma en que su voz rebotó en la minúscula habitación le mostró lo enorme de la criatura parada frente a él, y su irritante aroma lo hizo odiarlo y temerle al mismo tiempo.

— Así que sigues vivo. Bien.

El nath’rezim tomó un bocado de carne lo suficientemente cerca como para que el elfo botara toda el agua que quedaba en su cuerpo como saliva. Pero el elfo resistió el empuje natural de abalanzarse rendido.

Nefarious lo notó y rió.

— ¡Con que quieres un poco de esto! Lo siento, pero eso solo retrasaría todo el trabajo de la última semana.

Las garras del demonio tomaron el largo mentón del elfo para examinarlo. Por debajo de la piel se podía ver como lo poco de sangre que quedaba en sus venas se había mezclado con la de los demonios putrefactos que lo habían obligado a devorar. Por encima, las escamas no eran de suciedad sino crecimientos aberrantes para proteger parte de la piel dañada por los milenios de azotes y torturas. El tejido también cubría los músculos que crecieron en sus brazos, abdomen y piernas luego que los originales fueron arrancados para que los “científicos” de la Legión los “investigaran”. Mientras que todo parecía una mezcla perfecta, la verdad es que el elfo nunca pudo acostumbrarse al dolor de un cuerpo en constante transformación.

Los ojos del nath’rezim miraron las cicatrices que antes acogían los hermosos ojos dorados del elfo, y, tras unos segundos, una larga y extasiada sonrisa se dibujó en su rostro.

— ¡Está listo! ¡Al fin, el bocado que esperé por miles de años está listo!

Las garras soltaron el rostro del elfo, dejándolo caer en sus rodillas por la altura.

— Puedes respirar tranquilo ahora. Hoy es el día en que mueres.

La puerta se abrió cuando el demonio caminó hacia atrás, observando como el elfo se quebraba en terror y locura por la revelación. Era precisamente el placer de la tortura final lo que había venido a buscar. Satisfecho, dejó al elfo solo nuevamente, rodeado en la oscuridad a la que se había acostumbrado, gritando desesperado por la imaginación que le mostraba las interminables y terribles formas en que su vida podría terminar, y por el ácido en su estómago que se sentía como lava ardiente dentro de él.

Los pensamientos interminables sobre su próxima ejecución no le habían permitido enfocarse en los sonidos que venían del exterior. Por alguna razón, se sentía el correr de muchas criaturas afuera de su habitación acompañado del choque de las armas en las armaduras pesadas de los cegadores viles. Se daban instrucciones en su idioma ahora parcialmente incomprensible después de los milenios de exposición con un tono seco y firme. ¿Se estaban preparando para una batalla?

La cadena que lo ataba a la muralla le apretaba el cuello cada vez que intentaba acercarse a los ínfimos agujeros en la puerta metálica para escuchar mejor lo que sucedía afuera, pero era suficiente para hace—

El azote de la puerta en el rostro lo atontó lo suficiente para sentir que el cerebro le daba vueltas dentro del cráneo. Percibió que una fuerza enorme rompió la cadena y la empujó hacia arriba para que se pusiera de pie. Por un segundo sintió la leve esperanza que alguien había llegado para rescatarlo, pero las cuerdas amarradas a sus muñecas lo terminaron empujando violentamente al ritual que seguramente el señor del terror había preparado para él.

No pudo respirar mucho aire limpio al salir. Los pasillos de la edificación estaban tan llenos de polvo y ácaros que su nariz definitivamente podría haber estado más tranquila oliendo el hedor de la prisión. A eso se agregaba la esencia putrefacta de las cosas que estaban desparramadas en el suelo, y el olor mismo del mo’arg que lo llevaba a violentos empujones a través del pasillo como si fuera una cabra vieja. Otros hombros chocaban con los suyos, y, aunque no los podía ver, pudo ver que realmente no era el único al que Nefarious había reservado para su festín de almas: decenas de criaturas que se retorcían y gritaban desesperadas en sus idiomas nativos eran acarreadas de forma similar hacia el ritual, como si todo el esfuerzo realmente marcara una diferencia.

Sin embargo, pudo escuchar que los ruidos de los choques de armaduras y armas a su alrededor se hacían más frecuentes, como si rápidamente se estuvieran organizando para luchar. Podía escuchar las hebillas apretarse en las pecheras, y las espadas saliendo de sus vainas entre medio de la multitud y las órdenes aceleradas de los demonios mayores a criaturas que tenían pezuñas por pies y vestigios de voces que alguna vez fueran puras.

Estaban desesperados.

Tras bajar algunos escalones llegó al fin a la base, en la cual se podía sentir que había una cantidad inmensa de demonios y otras criaturas simpatizantes de la Legión. Todas corrían en diferentes direcciones, mientras que los gigantescos mo’arg que llevaban a los prisioneros a ser ejecutados los empujaban para arrodillarse en el suelo con tal fuerza que se podía escuchar el crujir de los huesos sobre el metal. Un par de ellos sintieron como sus vértebras se desencajaron al ser arrodillados por las moles de carne, gritando de dolor y desesperación tras sentir que sus miembros se apagaban y eran arrancados por pequeños perros viles frente a sus ojos, si los tenían aún..

Al medio del círculo formado por los prisioneros se alzaba la máquina en sí: las almas nadaban en una vorágine cuyo torrente las arrastraba a una apertura en una estructura de algún metal cuya composición hacía arder la piel al contacto. Las alas constantemente se abrían y cerraban como si permitiese a la estructura respirar para absorber más almas capturadas. Junto a la máquina, el Conde Nefarious se alzaba majestuoso, eligiendo meticulosamente las almas que se convertirían en sus bocados mientras ejecutaba nuevos prisioneros para arrancar las delicias. Era tan simple para él como estirar la mano y atrapar un espíritu que aullaría de dolor por última vez antes de entrar en las fauces del señor del terror.

Los choques de espadas se hacían más frecuentes a la distancia, y el elfo confundía el hervor de la batalla lejana con el sonido de la daga de Nefarious, que no había demorado en atravesar uno a uno los maltrechos cuerpos de los rehenes que había capturado para su diversión y gula. Los mo’arg levantaban los cuerpos hasta que los pies dejaban de tocar la vileza metálica, mientras las almas eran arrancadas del cuerpo a través del corte de la daga que empezaba en la garganta y terminaba lentamente entre medio de las piernas. No podía verlo, pero el elfo sintió por unos cortos segundos la extraña mezcla entre calidez y agonía de las almas de sus compañeros de tortura que nunca había sentido antes.

Estaba hecho un atado de nervios, ira, hambre y pavor. Sabía que no llegaría un milagro que pudiese darle tan solo un segundo de oportunidad para poder escapar, pero la pizca de esperanza en su corazón le permitía recordar todas las tácticas que había inventado durante los milenios de torturas.

Sin embargo ya era tarde. El mo’arg detrás de él lo levantó de un tirón fácilmente como la bolsa de huesos que era, y pudo oler y escuchar el escurrir de la sangre de la última criatura que fue sacrificada a través del filo de la daga del Conde, acompañada por la respiración del señor del terror que también entraba por sus narices y lo desesperaba más.

— ¡Al fin! — Nefarious no se mostraba para nada saciado después de consumir las almas de todos los otros rehenes — No sabes cuánto he esperado por este momento, elfo. ¡Era imposible pasar frente a tu celda sin pensar en como sabe tu alma!

Nefarious alzó la daga.

— Ahora lo sabremos.

No había alcanzado a recorrer la mitad de la distancia cuando la daga salió disparada de la mano de Nefarious después que la guja chocara con ella. El mo’arg soltó al elfo, botándolo al suelo para poder tener las manos libres y poder tomar su arma, pero quien quiera que haya atacado a la criatura era por mucho más ágil y precisa. El demonio vio la sangre dispararse de su yugular antes de sentir el dolor del corte en la garganta, y cayó estrepitosamente a la plataforma metálica.

La oportunidad había llegado.

La ausencia de ojos le imposibilitaba ver, pero cada paso a su alrededor movía el metal sobre el que estaba acostado. Siguió el frágil y casi imperceptible sonido de la daga de Nefarious chocando contra el suelo para poder alcanzar el filo y poder cortar las cuerdas que ataban sus manos. Detrás de él, el Motor de Almas se había convertido de repente en un campo de batalla entre unas criaturas con rasgos élficos aparecidas de la nada y los demonios que estaban en ese momento resguardando el trabajo del Conde. ¡Si tan solo hubiera podido ver la masacre! Los demonios empezaron a morir apenas les cortaban la tráquea o les atravesaban la nuca o la barriga con sus gujas. Sin embargo, logró escuchar voces que hablaban una especie de idioma similar al élfico de su época. ¿Acaso el mundo se había salvado después del Hundimiento? ¿Su pueblo había sobrevivido?

No había tiempo para detenerse a pensar. La daga aún estaba lejos, y la necesitaba para liberarse de las ataduras que juntaban sus manos y pies. El elfo trató de arrastrarse con las pocas fuerzas que le quedaban entre medio de los pisotones de los mo’arg combatientes y otras criaturas que desconocía, que se confundían con los pasos prestos de aquellos que habían hecho el milagro. Tuvo suerte. Una sola pisada de cualquier cosa y fácilmente le habría quebrado más que un par de huesos antes de siquiera tener la oportunidad de rozar la daga.

Sin embargo, estaba ahí ahora. El arma que hace unos momentos iba a cortarlo en dos ahora era envuelta por sus desgastados y anémicos dedos. Tuvo que alejarse de la batalla usando lo poco de energía que le quedaba a su cuerpo, pero tan solo un corte en los nudos entre sus muñecas y pies la sintió.

Libertad. Después de milenios, tenía de vuelta su libertad.

No había tiempo para apreciarla. El impulso de adrenalina le duró un abrir y cerrar de ojos, y cuando se puso de pie sintió el ardor de la bilis en su vientre. Tendría que matar lo que fuera, y tendría que tener mucha suerte para eso. Cualquier mal empujón, cualquier movimiento brusco podría dejarlo incapacitado y a merced de los demonios. No estaba en completa desventaja. Sus ojos ya no estaban en sus cuencas, pero los olores y los sonidos proyectaban el alrededor en su mente.

Pero sonido ya casi no había. El ruido de la batalla se apagó tan fulminante como había iniciado. Las voces élficas se habían retirado, llevándose los choques de filos con ellos a la distancia. Solo quedaba una criatura respirando, tirada en el suelo, jadeando para alcanzar las almas que se supone debería haber devorado para poder saciarse.

Nefarious había luchado con todas sus fuerzas, pero el ataque fue demasiado brutal. Los enemigos saltaron de todos lados, asesinando a los eredar y demonios que lo acompañaban en el Motor y dejando los controles a merced. Mientras que el Conde logró empalar a un par de atacantes entre sus garras, las almas fueron liberadas y, como una tormenta espantosa, arrancaron la esencia del captor al punto de dejarlo tirado y colgando en la delgada línea entre la vida y la muerte. Una vez que el Motor fue deshabilitado y todos los demonios habían sido deshechos, los invasores con rasgos demoníacos similares a los de cierta criatura a la que llaman “El Traidor” tomaron sus gujas y se alejaron en búsqueda de un acceso al Martillo de Vileza, la fortificación más alta de Mardum.

Los pasos del elfo sobre el acero se acercaban lentamente a sus sucios oídos, y rebotaban en ellos como si fueran campanas cantando advertencias sobre el fin. Todo era borroso, pero podía ver la figura casi esquelética y demacrada del elfo acercándose con una daga demasiado familiar para él en las manos. Quiso moverse para intentar absorberlo, pero sus extremidades lo traicionaban por primera y última vez. La voz apenas salió de su pecho, y la agonía lo empezó a desesperar.

— El sabor… ¡debo sentir el sabor de tu alma!

— No. El que come hoy soy yo.

Las palabras en el idioma demoníaco rebotaron en su cráneo mientras veía como el filo de la daga se hundía pesadamente en su pecho, rompiendo la carne y las entrañas. La sangre negra ahogó sus pulmones, y todo se volvió negro a sus ojos en la desesperación de ver como eructaba el líquido viscoso por su boca sin parar.

Kayn Furiasol no estaba a la vanguardia esta vez. El poder de la metamorfósis que había aprendido de un cazador de demonios con un talento y poder inigualables aún le era difícil de asimilar, y por un momento prefirió mantenerse alejado de la fuerza principal que estaba abriéndose camino hacia el Martillo de Vileza, la fortificación en la que el Señor Illidan les dijo que tenían que irrumpir para obtener la Llave de Sargerita, un artefacto capaz de traer el fin a la Legión. Era de extrema importancia, y todos los detalles debían ser cuidados.

La batalla frente al Motor de las Almas ya había terminado. Las fuerzas enviadas desde el Templo Oscuro se habían asegurado de limpiar la zona de todo tipo de exist—

El sonido le había llamado la atención inmediatamente. Sin duda había sido el grito de un elfo, pero no era similar a las demás. Se notaba más débil y desesperada. Los sablevil en los que él y sus camaradas montaban giraron inmediatamente a los restos del Motor, no muy lejos de donde estaban patrullando.

Fue ahí cuando se lo encontraron: una criatura que había sido un elfo antes, en un estado de desnutrición avanzado y notables rastros de maltratos y torturas sobre cada centímetro de su cuerpo, sufría el efecto de consumir el corazón de un señor del terror visiblemente asesinado por quien lo devoraba. Los cuernos crecieron entre sus cabellos como si fueran criaturas escondidas debajo de su piel, y los músculos de todo el cuerpo renacieron en una serie de explosiones internas. El dolor podría haberlo matado, pero mientras más se recuperaba, más trataba de consumir las entrañas del cadáver.

La pisada de Kayn sobre el metal llamó la atención inmediata del elfo en harapos. Las palabras en élfico se sintieron como un manjar en los oídos del sobreviviente, y supo entonces que el milagro si había sucedido.

— ¿Quién eres?

— Mi nombre… es Shaarme.